
Hace como dos años, asistí a la celebración de los 50 años de haber salido del colegio. De la enseñanza secundaria. Llegamos 81 excompañeros. Muy lindo.
En todos, se sentía el paso de la vida. La expresión única de la vida. Reconocer una cara y unirla con el recuerdo que teníamos de esa persona, era como un viaje en el tiempo.
Poco a poco emergían las imágenes, los sonidos, las palabras. Las risas. Los dolores…
El lenguaje total
Cuando estábamos en el último año, 1974, fuimos parte de un experimento: el lenguaje total. Teníamos completa libertad. Podíamos decidir incluso si asistíamos a la clase o nos dábamos vuelta y nos íbamos para otro lado. Esa libertad total que teníamos puso de manifiesto, como una gran paradoja, los valores que traíamos de casa, la contención que nos daban en casa. Por eso, a algunos compañeros les fue bien con esa libertad y a otros no.
Algunos se volvieron más creativos, otros se dedicaron más al estudio, a investigar. Otros, en cambio, y ahí me incluyo, nos sentíamos perdidos y anhelábamos algo que no sabíamos qué era pero que sentíamos que nos hacía falta. Después comprendí que eso que, al menos yo anhelaba, era tener límites. Un límite a los impulsos, a las emociones, a los deseos. Un consejo, una mentoría, una sesión de coaching, yo qué sé… Un límite que me contuviera, que me hiciera sentir segura. Para luego sentirme libre.
El experimento fracasó y la institución retornó al sistema anterior.
Nosotros, los baby boomers
He venido resistiéndome al hecho ineludible de envejecer. Tal vez sentí que si lo negaba, no se iba a dar. Pero, mirando a mis compañeros y compañeras, me dije: “si ellos están envejeciendo, yo también estoy envejeciendo, ni modo”. Y comprendí por qué mis compañeros en el gimnasio me trataban con tanto respeto: porque soy mayor.
Dos días después de esa celebración, amanecí con un resfrío enorme que me tumbó. No quería hacer nada. Ni trabajar, ni ir a correr, ni ir al gimnasio, ni cocinar. Nada.
Y me permití esa sensación de dejarme llevar por mi resfrío, tomando líquido y mirando mis canales de Telegram: que si Biden aquí, que si Trump por allá, que oriente medio, que occidente colapsa, que los Brics… Leía noticias mientras dentro de mí, mi cuerpo pensaba y sentía. Mi cerebro llegaba a conclusiones: soy una persona adulta mayor.
¿Qué hacer?
Lo que es la vida para mí, a pesar de esos 60 y resto
No estoy pensionada. La sola idea de dejar de trabajar no me simpatiza. Punto. No necesito trabajar para pagar mis gastos. Todo lo que necesito está cubierto por mi pensión de viuda. Umm, si esta pensión la hubiera tenido antes… pero la tengo ahora. Y es un respiro. Y una oportunidad.
Así que me digo: “Ileana, acepta que sos vieja”. Y es que tengo un emprendimiento nuevo que me llena de vida, que me entusiasma, que me lleva a querer aprender cosas nuevas, a ver tutoriales, a tomar diversos cursos. Me levanto por la mañana pensando en lo que voy a hacer en el día. Y siento que al día le faltan horas. Me acuesto por la noche haciendo un repaso de cómo ha ido todo. Esa es mi vida ahora. Combinada con la relación con mis hijos, con llamadas a mi hermoso nieto. Yo soy feliz ahora. Me siento plena. No trabajo para nadie, sino para mi proyecto. Soy libre. ¿Qué más quiero?
Ahora…
¿Se puede conciliar lo que ofrece una productora que envejece con las expectativas de la gente más joven?
Definitivamente, sí. No veo por ninguna parte una ley que diga que los viejos no podemos trabajar al lado de los jóvenes. La única condición que existe, que me parece perfecta y lógica es estar actualizada. Y yo lo estoy.
No es porque soy vieja, pero siento que tengo mucho que dar todavía
Nacemos y nos desarrollamos como orugas…
Vamos dando tumbos por la vida. Aprendemos con cada fracaso, con cada dolor. Para mí, la vida fue una vida dura marcada por la violencia, la violencia psicológica dentro de una familia enferma. Uno tiende a repetir los patrones heredados en casa. Y es así como reproduce la violencia fuera de casa, y más tarde, cuando tienes tu casa, la instalas allí también. Vas buscando parejas y relaciones que justifiquen tu rol de víctima. Hasta que te despiertas y comprendes que hay mucho más, allá, a donde la violencia y la costumbre no llegan. Que más allá de un rol, de una costumbre, del miedo, está la vida.
Yo amo España. Amo a Madrid porque fue en una de sus calles, la calle de Atocha, en que me vi reflejada en la ventana de una tienda. Y descubrí que me sentía libre y feliz, lejos del guión estrecho que yo misma me había fabricado. Y eso pasó hace como 6 años.
En esa calle, en el reflejo de esa ventana, noté que ya no era una oruga, sino que estaba dentro de una crisálida y que esa crisálida ya estaba terminando su propósito: contenerme y darme límites. En Madrid me reconocí como una mariposa…
Soy una mariposa
Parece que tardamos toda una vida en ser orugas. Es decir, en creer que somos esa persona que fabricamos cuando éramos niños y adolescentes. Una persona hecha con recortes de la psique colectiva, que realmente no nos define. Como personas circulamos por la vida, sin saber que si queremos ser mariposas tenemos que voltear la mirada para adentro y descubrirnos. Yo hice eso. Me metí dentro de mí misma. Enfrenté a mi sombra. La hice mi amiga.
Ahora soy una mariposa a la que le gusta el sol, el viento, los espacios abiertos, ir de aquí para allá. Y comprendo que quiero seguir con mi proyecto. Que voy a seguir con mi proyecto. Que todavía tengo planes para el futuro.
Y vos: ¿qué pensás de tu propia vida?